¿Y el jefe?



 

Al jefe político de Rosario Robles le están saliendo mal las cosas. Entregó el país y el PRI a la 4T para obtener impunidad y a cambio sus colaboradores comienzan a ser encarcelados.

La ingenuidad del jefe no tuvo ni ha tenido límites. No supo prever que su sucesor, en caso de fracasar, de irle mal, lo iba a culpar a todo y se convertiría en su peor verdugo.

Con el juicio sumario a la exsecretaria de Sedesol se cumplen los pronósticos: entre más fracasos vaya acumulando el nuevo régimen y más descienda la popularidad del presidente, más fuerza irá tomando el tribunal preparado para enjuiciar el pasado.

Prueba de ello es que ya hay fiscales y jueces elegidos para cumplir con la consigna presidencial. La conducta irregular del juez Felipe de Jesús Delgadillo Padierna y la actitud arrogante de los fiscales confirman que tenían la orden de aplicar al extremo la ley para condenarla.

Pero, y ¿dónde está el jefe? México tiene hoy una presidencia arbitraria y voluntarista, pero en el sexenio pasado –como lo repite sin cesar el abogado de Emilio Lozoya, Javier Coello Trejo– las ramas más importantes del gobierno no se movían sin conocimiento y autorización del presidente.

 

El jefe, entonces, debería salir a dar una explicación de lo que sucedió, defender pública y jurídicamente a quienes fueron sus funcionarios, sobre todo si son inocentes y él fue quien dio la orden.

De otra forma, veremos cómo muchos de los que formaron parte de su gabinete –se habla de once– irán pagando con cárcel o descrédito –sean culpables o inocentes– la disciplina y lealtad que le tuvieron al jefe.

Disciplina y lealtad que no son nuevas, que se exigen y operan en cualquier tipo de sistema político, sobre todo en este, donde los secretarios de Estado acatan obedientemente y en silencio, casi de rodillas, las instrucciones más arbitrarias del presidente.

El miedo, la culpa y los malos cálculos llevaron al jefe de Rosario a firmar un cheque en blanco. Se apresuró a entregar todo: la elección, el poder y el gobierno antes de tiempo, los recursos de la nación, los hilos de la gobernabilidad y su partido político.

Ordenó enterrar al PRI y puso en manos de “Alito”, el sepulturero –y nuevo dirigente de ese partido–, la pala del cementerio para terminar de inhumar al muerto. Al jefe se le ocurrió que así podría quitar obstáculos en el Congreso al presidente, contribuir a consolidar el nuevo régimen y mantener contento a López Obrador.

Pero la realidad política, la real politik, diría Henry Kissinger, comienza a poner en riesgo la inmunidad del jefe.

Los colgados y descuartizados, los bajos o nulos índices de crecimiento, la inversión inexistente, el desempleo creciente, la protesta de campesinos, médicos, académicos, obreros, hombres y mujeres inconformes, están obligando a la 4T a echar pedacería a los leones.

Rosario Robles ya está en la cárcel; detrás de ella puede haber tantos como se quiera o necesiten, pero si las condiciones lo exigen, también será entregado y puesto en el centro del circo, el jefe