La hospitalidad



Como lo he dicho muchas veces, la misa dominical es celebrar el sacrificio de Cristo en la Cruz, y en esa celebración se proclama la Palabra de Dios escrita en la Biblia, y esa Palabra fortalece, ilumina, orienta, da criterios de vida. 

En el camino hacia Jerusalén, Jesús toma un descanso y se detiene en Betania para visitar a sus amigos: María, Marta y Lázaro, Lc 10, 38 – 42. Jesús acepta la hospitalidad de esta familia y disfruta estando con ellos, en un ambiente fraternal.

Este texto evangélico viene preparado por la primera lectura, Gen 18, 1 – 10, con el Salmo responsorial, que describe una escena igualmente entrañable: la hospitalidad de Abraham para con los tres desconocidos que llegan hasta la puerta de su tienda. Abraham acoge a los tres personajes – en los que la tradición ha visto una prefiguración de la Trinidad – y les ofrece su hospitalidad.

Estos textos trasmiten una lección: invitan a que se practique la hospitalidad. Sin olvidar las palabras de Jesús que afirman que, cuando se acoge a alguien, a él mismo se acoge: “cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 40). Por lo tanto, en nuestro mundo individualista, a veces inhóspito, se debe tener la puerta abierta para acoger a los demás, no sólo  viajeros – como acontece en los textos bíblicos de hoy – sino a quien se siente solo, a los enfermos, a los ancianos. Se debe saber reconocer a Cristo que pasa. Y  no es necesaria una hospitalidad física, en sentido literal, que conlleve acoger en la propia casa: puede ser una hospitalidad de otra manera: salir de nosotros mismos para echarle una mano a quien la necesita, acercarse al que sufre, interesarse por quien está a nuestro lado, escuchar y acompañar al que está solo.

En el fragmento del texto evangélico que se proclama hoy se ve una actitud diferente de las dos hermanas de Betania, Marta y María frente a la visita de Jesús: “María, la cual se sienta a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra. Marta, entre tanto, se afanaba en diversos quehaceres”.

Tiene mérito la actitud de Marta, que quiere que todo está bien dispuesto para que Jesús se sienta como en su casa. Marta, sin descanso, atiende a Jesús. Sin embargo, Jesús alaba la actitud de María que escucha a sus pies.

Acción y oración son necesarias en la vida del creyente. Ambas dimensiones son necesarias. Ora porque la fe lleva a la contemplación. Trabaja porque la fe implica compromiso con los demás. Una debe llevar a la otra y viceversa. Sin embargo, es muy fácil que la acción obstaculice la  contemplación, que la actividad invada el tiempo de oración, y así se dedique a las cosas de Dios sin tener en cuenta al Dios de las cosas. Jesús es ejemplo en compaginar ambas dimensiones: en muchos pasajes del Evangelio se le ve con un ritmo vertiginoso de vida, y en otros se retira a orar. 

Se puede orar con palabras del Salmo 14: “¿Quién será grato a tus ojos, Señor? El hombre que procede honradamente y obra con justicia; el que es sincero en sus palabras y con su lengua a nadie desprestigia.

Que el amor y la paz del Buen Padre Dios permanezca siempre con ustedes.